El pequeño pueblo de VALDENOCEDA puede pasar por uno de los más lindos de CASTILLA-LEÓN. Sus caserones montañeses con sus techumbres agudas de teja roja, se extienden sobre la pendiente de una colina de la cual unas matas de vigorosas encinas dibujan las más insignificantes sinuosidades.El Ebro corre algunos centenares de pies por bajo de la Torre de los Fernández de Velasco, de unos veinte metros de altura, gruesos muros rematados por almenas y blasonada con varios escudos, edificada en el siglo XV por hidalgos y restaurada recientemente. Valdenoceda viene resguardada por su lado sur por una montaña elevada, es una ramificación de la Cordillera Cantábrica. Las cimas quebradas de la Mazorra se visten de nieve en los primeros fríos de noviembre. Un torrente que desciende precipitado de la montaña atraviesa Valdenoceda para formar el Ebro y mueve una pequeña presa hidráulica en el paraje de una antigua fábrica que proporcionó un bienestar relativo a la mayor parte de los 73 habitantes del pueblo. A decir verdad no es merced a la antigua industria de la molienda, ni tampoco a la industria eléctrica actual que se enriqueció aquella aldea ; sino a la seda artificial que tanto dió prosperidad a los habitantes y cuyos rendimientos, antes de que cayera la IIª República, han remozado casi todas las fachadas de las casas. Aturde al viajero que a penas entra en la aldea el estrépito de la ruidosa presa. Los pesados aparejos movidos por el torrente aprovechan el antiguo salto de agua para producir electricidad. Tampoco pasan desapercibidos los ladridos de unos perros arrimados a la imponente sedera del siglo XIX. Este edificio que, a primera vista parece rudo, es uno de los que en mayor grado sorprenden al viajero que penetra por vez primera en las montañas que forman la divisoria entre Cantábria y Castilla. Si el viajero, al entrar en Valdenoceda, pregunta qué destino tiene hoy, le contestarán que este edificio fue la primera fábrica nacional de seda artificial que ha poseído España. Ahora y desde su puesta en marcha en 1992, es la sociedad eléctrica Salto de Valdenoceda. A poco que el viajero se detenga unos instantes por esa calle ancha de Valdenoceda, que arranca ascendiendo de la margen misma del Ebro y termina en la cumbre de la colina, es muy probable que ha de tropezar con algún anciano que son los que en mayor número pueblan la aldea. Pero si, unos cien pasos más arriba, prosigue su paseo, el viajero divisa, en el barrio del Enmedio, una iglesia de basatante bella apariencia, construida en el tercer cuarto del siglo XII y que conserva de su primitiva fábrica románica los símbolos del Apocalípsis y cabezas monstruosas en las ínsulas.
A través de una verja contigua a la iglesia de San Miguel, se puede observar el pequeño cementerio del pueblo y por fondo una línea de horizonte formada por las cimas del Puerto de La Mazorra que parece de propósito hecho para recreo de la vista. El viajero puede comenzar a recordar, en aquel solar, el glorioso pasado de la aldea. Pregunta y le dicen que no deben caber más de una decena de tumbas con cruces y flores. Parece un camposanto semejante a los tantos que poblan la Península. En este cementerio descansan nuestros abuelos. Todos ellos entraban en edad de plenitud e ignoraban que su estancia en Valdenoceda tan sólo iban a aprovecharla unos escasos meses y que se despedirían de la aldea los pies delante. Sobre la marcha, José Antonio, ingeniero de Madrid, José María, albañil de Torralba de Calatrava, Francisco, obrero de Granada, Nicanor de Salamanca, Valentín de Santurce, intentan reconstruir una vida tras la derrota sin saber que a una centena de kilómetros de su casa ya tienen un lugar asignado. Y llega el día en que todo está listo para acogerlos en la fábrica. Tan sólo faltan ellos. La muchedumbre de los detenidos inicia el periplo hacia el campo de Valdenoceda. Unos trenes compuestos de quince a dieciocho vagones de ganado, cerrados y cargados de presos se ponen en marcha para Valdenoceda. Entre ellos, nuestros abuelos, los 153 cuerpos de la fosa del cementerio. El equipaje se acerca de las lindas merindades de Valdivieso. Hasta un paisaje tranquilo, hasta una pradera con vuelos de cuerbos, cosechas y fuegos fatuos, hasta una carretera donde pasan coches, campesinos, parejas, hasta un pueblo idóneo para pasar vacaciones, con su feria y su campanario, pueden llevar lo más sencillamente a un campo de concentración. En el hermoso valle de Valdenoceda los inviernos son heladores. Las galerías de la fábrica habilitada como cárcel están abarrotadas, cosidas de unos 2000 presos tirados. Quizás sean más. Cuando uno de los custodias saca la cabeza por las mirillas, sale un calor tremendo. Son todos hombres faltos de las mínimas condiciones higiénicas y de alimentación. Todos han sido detenidos por ser Rojos y por haber seguido fieles a la República. No dan complicaciones a las centinelas. No pueden darlas. Fallecen de hambre, de los rigores del invierno, de enfermedades provocadas por las enormes carencias que sufren. Fallecen de los malos tratos recibidos. Comparten celda con los chinches y las pulgas. Van a tenderse sobre el jergón y se distraen contandando unos a otros las costillas y las pulgas. La razón de ser del penal de VALDENOCEDA: borrar del mapa a aquellos hombres y no dejar rastro de lo que fue la IIª República. Aquel viajero que termina en el cementerio su paseo por Valdenoceda es uno de Nosotros.
Somos los hermanos, hijos y nietos de los 153 presos republicanos que aún se encuentran en la fosa a tan sólo un palmo de la superficie del solar. Bajo la impulsión de José María González, presidente y portavoz del Colectivo de Familiares de Presos Republicanos Desaparecidos en la Prisión de Valdenoceda, tanto nos incumbe averiguar cuál fue la existencia que llevaron aquellos hombres durante esos meses en la fábrica, en unas condiciones de vida y represión semejantes a los campos de concentración nazis, como elucidar qué muerte encontraron.
El conocimiento de la existencia de la fosa supone hoy la posibilidad para todos los familiares del Colectivo de demostrar fehacientemente la existencia, preparación, ordenamiento de antemano y sistematización de ese asesinato. Tras conseguir, como se hizo a través de los certificados de defunción que se encuentran en los registros locales, los nombres y apellidos de aquellos presos republicanos, nos toca emprender ya la tarea de rescatar los humildes restos de nuestros abuelos.
Es preciso librarlos del arbitrario en el que los verdugos quisieron encerrarlos para siempre.
Tras cuarenta años de represión e indiscutibles veinticinco años de silencio culpable, es cuestión de dignidad, de memoria y de verdad. |